Todos los días de lunes a viernes salía de la casa rumbo a la estación de José C. Paz, para tomar el tren de las 5:45 hs, tenía que entrar a la 6:50hs, de la Mañana en la fábrica. La estación quedaba unas doce cuadras de mi casa. Pero en invierno y si llovía me tomaba un colectivo para no tomar frío y no mojarme.
La parada del colectivo estaba a una cuadra. En invierno el viento en la calle me parecían pasos, cuando movía las hojas secas en el asfalto. Pero no siempre era el viento; a veces eran los pasos de él, de mi vecino de enfrente, salía a la misma hora que yo, tomábamos el mismo colectivo, y el mismo tren en la parada. Nos decíamos: ¡Buen día! y algún comentario referente al clima del tiempo.
El era casado, igual que yo. Tengo dos hijos y el dos y uno en camino, era alto rubio, fornido, lo que se dice un buen mozo. Yo era bonita, elegante, siempre me gustaba estar de punta en blanco. Éramos jóvenes todavía. En uno de esos viajes hacia el trabajo, nos sentamos juntos y a partir de ahí fuimos compañeros de viaje inseparables, conversábamos de todo un poco. Hacía varios meses que viajábamos juntos, los fines de semana cada uno en su casa, yo cortaba el pasto del jardín, cuidaba mis flores y mis plantas y me ocupaba de la casa y de mis hijos, de mi marido.
El en su casa siempre estaba haciendo algo, ya que su casa estaba aún en construcción, le faltaban las terminaciones, teníamos una vida normal, pero en el fondo de nuestros corazones algo estaba pasando, era un sentimiento más que amistad, era algo que no nos pudimos dar el lujo de sentir, ambos teníamos una familia.
Un día el tren se aproximaba a la estación de la Paternal en donde él se bajaba y se levanta del asiento y como si fuera algo de rutina y algo normal, acerca su boca a mis labios, yo inconsciente e instintivamente hice lo mismo. Sin llegar a besarnos nos quedamos ahí detenidos. Yo alcancé a decir ¡No, por favor, no! el me dió un beso en la mejilla y me dice ¡hasta mañana Laura!, a mi me salió un débil ¡Hasta mañana Francisco! de pronto me invadió un sentimiento de verguenza y culpa- ¿y si algún vecino que viajaba a esa hora nos había visto? no me atrevía a mirar para ningún lado y miré para afuera de la ventanilla, me quedé así absorta hasta que el tren llegó a Chacarita y me bajé, me sentía rara. Como si no fuera yo, ese día pasó, al otro día nos volvimos a ver y me pidió disculpas por lo del día anterior. Yo digo, ¡No te preocupes, no hay nada que disculpar!, fue un impulso inconsciente y de a poco fuimos evitando los encuentros y el hecho de sentarnos juntos.
Estaban pasando cosas en nosotros, sentimientos que no podíamos permitirnos. El tenía su familia y yo la mía, no podíamos dañar a los otros.
Al año mi marido y yo vendimos la casa y nos mudamos a Villa Urquiza. Nunca más nos vimos, yo extrañaba a mi compañero de viajes, a Francisco, supe que él se había mudado a Pacheco. Me quedó el recuerdo de su persona, de lo agradable que era conversar con él. Pudo haber sido una historia de amor pero la prudencia fue más fuerte que los sentimientos.
Maria Denis
martes, 30 de marzo de 2010
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